
Hay recuerdos que no viven en fotografías. Viven en los olores.
Desde muy pequeña pasaba mis vacaciones en el sur de Chile, en casa de mis abuelos.
Mi viejita, cuando yo era apenas una niña, me llevaba con ella a todas partes. Y muchas veces terminábamos juntas en la cocina.
En ese entonces yo no lo sabía, pero esa era su manera de decirme “te quiero”.
Entre harina, masas, ollas y el calor de la cocina aprendí a hacer pan, postres, comidas y un montón de preparaciones que, con los años, se fueron convirtiendo en parte de mí.
También aprendí algo que venía de su crianza en el campo:
aquí no se desperdicia nada.
Había que aprovechar los ingredientes, cuidar los recursos y hacer rendir lo que había.
Hoy, cada vez que cocino, algo extraño sucede.
No estoy solamente preparando comida.
Vuelvo.
Vuelvo a aquellas tardes en el sur.
Al olor de la leña quemándose.
Al calor de la cocina.
A sus manos.
A sus consejos.
A nuestras risas.
Y por un momento siento que mi abuelita vuelve a estar ahí.
Ella fue mi partner y mi mejor amiga durante 14 años, hasta que tuvo que partir.
Pero quizás hay personas que nunca se van del todo.
Porque cuando repetimos sus recetas, cuando hacemos aquello que nos enseñaron, cuando compartimos alrededor de una mesa...
también estamos contando su historia.
Y eso es lo que quiero hacer hoy.
Seguir viviendo aventuras en la cocina.
Seguir riendo.
Seguir creando.
Seguir compartiendo.
Pero esta vez con nuevas generaciones.
Porque cocinar también puede ser una manera de abrazar a quienes ya no están...
y de enseñarles a quienes vienen detrás que el amor de familia también se cocina, se comparte y se hereda.
Algunas recetas alimentan el cuerpo.
Otras mantienen viva la memoria. 🤎




