Filloas caramelizadas con crema pastelera acompañadas de helado de licor café

A mí, de pequeña —y, desgraciadamente, no tan pequeña— había muchísimas cosas que me daban vergüenza. Cosas como: correr para que el conductor del autobús se diese cuenta, y no se marchase sin nosotras, mentir a los vendedores que llamaban a casa ofreciendo enciclopedias diciéndoles que no sabíamos leer y, por supuesto, que alguien me saludara por la calle y no saber quién era, fuera quien fuera ese alguien. Ahora, no me da vergüenza casi nada de lo que hago, ni siquiera hablar en inglés en público —aunque me da rabia haber olvidado tanto de lo aprendido—.
Por tanto, la vergüenza es algo que se te pasa con la edad, como: la piel tersa, la habilidad para dormir hasta las once de la mañana, la capacidad para correr con unos tacones de 18 centímetros o de confiar en tus rodillas y tobillos en cualquier circunstancia. Es decir: perder la vergüenza es una actualización de la manera en la que vivimos. Y esta update mejora mucho la vida, porque la vergüenza llevada al extremo: paraliza, bloquea e impide hacer muchas de las cosas para las que se está perfectamente capacitado.
Por supuesto, lo de que vas a perderla es algo que no sabes y que, aunque te lo diga tu madre, crees no te pasará, que siempre vivirás sintiéndote menos, fuera de lugar o juzgada por los demás —que es otra cosa que aprendes: a nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer—.
Así que me declaro oficialmente:
¡Una sinvergüenza!
(Sumamos esta receta a la temática: Revista
Cookpad Junio).
Filloas caramelizadas con crema pastelera acompañadas de helado de licor café
A mí, de pequeña —y, desgraciadamente, no tan pequeña— había muchísimas cosas que me daban vergüenza. Cosas como: correr para que el conductor del autobús se diese cuenta, y no se marchase sin nosotras, mentir a los vendedores que llamaban a casa ofreciendo enciclopedias diciéndoles que no sabíamos leer y, por supuesto, que alguien me saludara por la calle y no saber quién era, fuera quien fuera ese alguien. Ahora, no me da vergüenza casi nada de lo que hago, ni siquiera hablar en inglés en público —aunque me da rabia haber olvidado tanto de lo aprendido—.
Por tanto, la vergüenza es algo que se te pasa con la edad, como: la piel tersa, la habilidad para dormir hasta las once de la mañana, la capacidad para correr con unos tacones de 18 centímetros o de confiar en tus rodillas y tobillos en cualquier circunstancia. Es decir: perder la vergüenza es una actualización de la manera en la que vivimos. Y esta update mejora mucho la vida, porque la vergüenza llevada al extremo: paraliza, bloquea e impide hacer muchas de las cosas para las que se está perfectamente capacitado.
Por supuesto, lo de que vas a perderla es algo que no sabes y que, aunque te lo diga tu madre, crees no te pasará, que siempre vivirás sintiéndote menos, fuera de lugar o juzgada por los demás —que es otra cosa que aprendes: a nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer—.
Así que me declaro oficialmente:
¡Una sinvergüenza!
(Sumamos esta receta a la temática: Revista
Cookpad Junio).
Paso a paso
- 1
Hacemos las filloas, según la receta indicada. Reservamos.
- 2
Hacemos la crema pastelera en el microondas: Ponemos en un cuenco la leche, el azúcar y la vainilla, la cucharada de maizena, la ralladura de limón e integramos. Agregamos las yemas y mezclamos. En el microondas, 5 minutos a máxima potencia. Sacamos el cuenco con cuidado porque puede quemar y volvemos a integrar con energía. Reservamos.
- 3
Rellenamos cada filloa con crema pastelera y enrollamos. Espolvoreamos con azúcar y con ayuda del soplete, esperamos hasta que caramelice (hasta que se dore). Acompañamos con una bola de helado.
- 4
A disfrutar!
Trucos
Asegúrate de caramelizar el azúcar de manera uniforme para obtener un buen acabado.
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