Pinchito de mozzarella y sandía con pesto casero de albahaca

—RECETA 900—
Con el nuevo mes ya comenzado, y en plena semana grande de la ciudad herculina, no hubo más opciones que reservar mesa para el café semanal a principios de semana.
El lugar, uno de los míticos de la ciudad, donde nada más entrar, el olor a jamón ibérico te envuelve y te deja claro que café, poco se va a tomar.
Esta vez, llegue puntual a mi cita a pesar de que tuve que sortear a las hordas de turistas que invaden estos días mi esquinita verde.
La mesa de mi anfitriona ocupaba casi la totalidad del local; y sobre la mesa, una alteración muy colorida de platos de base bellota y de distintas denominaciones de queso.
La tarde fue perfecta, todos con cuerpo de fiesta sólo pudo dar como resultado: risas que se convirtieron al segundo en puro alborozo.
Cuando ya nos íbamos, y tras los besos de despedida de rigor, mi anfitriona me detuvo y me dijo: “Sigue riendo hasta que las mesas de alrededor te miren con descaro, hasta que tu carcajada sea apenas un estertor, hasta que las lágrimas fluyan libres y arrasen con el miedo y el estrés, y el local completo diga: «Pero ahí ¿qué pasa?» … hasta que tus cómplices digan basta que me duele la tripa”. “Siempre”, le respondí mientras la volvía a abrazar.
Pinchito de mozzarella y sandía con pesto casero de albahaca
—RECETA 900—
Con el nuevo mes ya comenzado, y en plena semana grande de la ciudad herculina, no hubo más opciones que reservar mesa para el café semanal a principios de semana.
El lugar, uno de los míticos de la ciudad, donde nada más entrar, el olor a jamón ibérico te envuelve y te deja claro que café, poco se va a tomar.
Esta vez, llegue puntual a mi cita a pesar de que tuve que sortear a las hordas de turistas que invaden estos días mi esquinita verde.
La mesa de mi anfitriona ocupaba casi la totalidad del local; y sobre la mesa, una alteración muy colorida de platos de base bellota y de distintas denominaciones de queso.
La tarde fue perfecta, todos con cuerpo de fiesta sólo pudo dar como resultado: risas que se convirtieron al segundo en puro alborozo.
Cuando ya nos íbamos, y tras los besos de despedida de rigor, mi anfitriona me detuvo y me dijo: “Sigue riendo hasta que las mesas de alrededor te miren con descaro, hasta que tu carcajada sea apenas un estertor, hasta que las lágrimas fluyan libres y arrasen con el miedo y el estrés, y el local completo diga: «Pero ahí ¿qué pasa?» … hasta que tus cómplices digan basta que me duele la tripa”. “Siempre”, le respondí mientras la volvía a abrazar.
Paso a paso
- 1
Con ayuda de la cuchara francesa, sacamos bolita de la sandía y en un palillo, ponemos el tándem: mozzarella+bolita sandía+mozzarella.
Con el pesto casero ya preparado, simplemente echamos una cucharadita sobre cada pinchito. - 2
A disfrutar!
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