Natillas de suero de leche

(IV)
Al día siguiente volvía a tener clase, y para colmo de males: examen de gimnasia. Con los nervios, ni siquiera le había entrado el postre que su madre y su tía habían hecho para la comida del domingo. Ahora, tenía que recoger la mesa, y después debería escoger entre echarse a llorar y engañar a sus padres diciendo que se encontraba mal y que no podría ir al colegio al día siguiente, o asumir una nota, no del todo buena, en esa asignatura.
Su padre había percibido los nervios desde primera hora, así que tras terminarse el cognac y sacarse la chaqueta, fue a la habitación de las niñas, cogió uno de los colchones y lo colocó encima de la alfombra del comedor. No estaba dispuesto a ver sufrir a su pequeña, siempre que estuviera en su mano, evitarlo. Estaba convencido de que el pino-puente, el spagat o la voltereta al derecho y al revés no eran cosas que pudieran quitarle la sonrisa a una de sus hijas.
Tras subirse las mangas de la camisa, y encomendarse al de arriba — ya que su mujer, lo estaba mirando— llamó a su hija, y la convenció para pasar la tarde de domingo practicando todas y cada una de las poses.
Natillas de suero de leche
(IV)
Al día siguiente volvía a tener clase, y para colmo de males: examen de gimnasia. Con los nervios, ni siquiera le había entrado el postre que su madre y su tía habían hecho para la comida del domingo. Ahora, tenía que recoger la mesa, y después debería escoger entre echarse a llorar y engañar a sus padres diciendo que se encontraba mal y que no podría ir al colegio al día siguiente, o asumir una nota, no del todo buena, en esa asignatura.
Su padre había percibido los nervios desde primera hora, así que tras terminarse el cognac y sacarse la chaqueta, fue a la habitación de las niñas, cogió uno de los colchones y lo colocó encima de la alfombra del comedor. No estaba dispuesto a ver sufrir a su pequeña, siempre que estuviera en su mano, evitarlo. Estaba convencido de que el pino-puente, el spagat o la voltereta al derecho y al revés no eran cosas que pudieran quitarle la sonrisa a una de sus hijas.
Tras subirse las mangas de la camisa, y encomendarse al de arriba — ya que su mujer, lo estaba mirando— llamó a su hija, y la convenció para pasar la tarde de domingo practicando todas y cada una de las poses.
Paso a paso
- 1
Ponemos el suero de leche al fuego con la canela y la piel de la naranja. Y lo llevamos a ebullición, dejándolo un par de minutos. Apagamos el fuego, tapamos y dejamos infusionar durante 15 minutos.
- 2
Mezclamos las yemas con el azúcar y la harina.
- 3
Pasado el tiempo, mezclamos el suero de la leche infusionado con el cuenco de las yemas. Y lo llevamos al fuego de nuevo, removiendo bien hasta que espese.
- 4
Vertemos en vasos, espolvoreamos canela y los dejamos reposar en nevera, como mínimo, 2 horas.
- 5
A disfrutar!
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-
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