Mini tosta de salmón con huevo y cebolla

Reconozco que cuando era estudiante, el transporte público entraba más habitualmente en mis planes de desplazamiento (y mira que desde que hice mi primera práctica de conducción —y sólo fueron siete—, siempre proclamé que a mi, sí me gusta conducir); pero el caso es que hoy, tomé el tren —y no es que haya muy buena infraestructura ferroviaria aquí—; llegué tres minutos antes de que partiera, y cuando se puso en marcha, muy puntualmente, casi me vi de vuelta a Londres, y a su estrechez de horarios.
En el vagón, no éramos muchos, no había mucho ruido y la luz era agradable, en ese momento, tras mi café (hecho en casa), pensé que en la vida no faltan maravillas, lo que falta, en realidad, es asombro.
Sentada tras mi iPad, recordé aquellos tiempos, en los que casi te rompías el cuello, por leer, lo que tenía el de al lado en las manos, y que muy amablemente dejaba abierto, hasta que apartabas la mirada. De repente, escuché la conversación de las mujeres de detrás; la más chillona decía que no había ningún puente que hiciera menos profundo el abismo, que debía ser capaz de olvidar todas las ideas preconcebidas que le pesaban, desaprenderse de los conceptos erróneos inculcados y dejar fluir la vida.
Por megafonía, anunciaron mi parada, y al girarme, vi que ambas amigas que ya no cumplían los cuarenta pero que les faltaban más de diez años para los cincuenta, también se levantaban. Una de ellas, me sonrió tras su mascarilla, y dijo: “Que lo que sabéis, no os impida aprender”.
Mini tosta de salmón con huevo y cebolla
Reconozco que cuando era estudiante, el transporte público entraba más habitualmente en mis planes de desplazamiento (y mira que desde que hice mi primera práctica de conducción —y sólo fueron siete—, siempre proclamé que a mi, sí me gusta conducir); pero el caso es que hoy, tomé el tren —y no es que haya muy buena infraestructura ferroviaria aquí—; llegué tres minutos antes de que partiera, y cuando se puso en marcha, muy puntualmente, casi me vi de vuelta a Londres, y a su estrechez de horarios.
En el vagón, no éramos muchos, no había mucho ruido y la luz era agradable, en ese momento, tras mi café (hecho en casa), pensé que en la vida no faltan maravillas, lo que falta, en realidad, es asombro.
Sentada tras mi iPad, recordé aquellos tiempos, en los que casi te rompías el cuello, por leer, lo que tenía el de al lado en las manos, y que muy amablemente dejaba abierto, hasta que apartabas la mirada. De repente, escuché la conversación de las mujeres de detrás; la más chillona decía que no había ningún puente que hiciera menos profundo el abismo, que debía ser capaz de olvidar todas las ideas preconcebidas que le pesaban, desaprenderse de los conceptos erróneos inculcados y dejar fluir la vida.
Por megafonía, anunciaron mi parada, y al girarme, vi que ambas amigas que ya no cumplían los cuarenta pero que les faltaban más de diez años para los cincuenta, también se levantaban. Una de ellas, me sonrió tras su mascarilla, y dijo: “Que lo que sabéis, no os impida aprender”.
Paso a paso
- 1
Tostamos las rebanadas de pan de molde. Laminamos el salmón marinado y picamos la cebolla en daditos.
- 2
Sobre la cebolla picada, añadimos los huevos duros cortados también en daditos, y la mayonesa. Mezclamos hasta integrar todos los ingredientes.
- 3
Emplatamos: cortamos las rebanada en triángulos, ponemos una base generosa de la mezcla de cebolla y huevo, y sobre ella, un par de láminas de salmón. Espolvoreamos eneldo y decoramos con las perlas de aceite.
- 4
A disfrutar!
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