Mis tallarines de quince minutos

Esta es la historia de cómo conocí la salsa, a Domingo y a Dorita.
Cuando volvimos de México, regresamos también a las islas y riachos del Delta, que habíamos recorrido remando con nuestros hijos. Restauramos después de muchísimo esfuerzo y trabajo personal una casita abandonada por treinta años, y con tanto deterioro que pudimos comprarla por el precio del terreno a pagar en un año.
Al lado estaban nuestros primos, y enseguida la casa de Domingo y Dorita.
Llegábamos a nuestra casita los viernes a la tarde. Dorita infaliblemente nos invitaba a cena. Era una magnífica cocinera, y como Domingo, de una generosidad, un buen humor y una amabilidad conmovedora. Comíamos y charlábamos hasta la hora de dormir, siempre temprano.
Tenían alrededor de los setenta años; criaban a su nieta, de 14 años. Los dos hijos de Domingo y Dorita fueron asesinados por la dictadura. Esperaron durante años juicio y castigo de los culpables.
Los sábados a la tarde nos reunían a nosotros, a los primos, a Lucho y Lily, a Beba la hermana de Lily. Y más, que se unían ocasionalmente. Lucho era químico, compañero y amigo de César Milstein, que en una ocasión llegó remando hasta su casa, 100 metros distante de la nuestra. Tenía una pequeña industria que con el tiempo se fundió e hizo que vendiera su departamento y fueran a vivir a Santa Rosa.
Dorita preparaba postres o pizza, Lily traía bizcochitos de nueces de árboles cercanos. Corrían el té, las anécdotas interminables. Reíamos, charlábamos, comentábamos el mundo.
Beba era diseñadora; preparaban carteles, objetos, diálogos con los que hacían bromas a Domingo, quien las retribuía. Compartíamos nuestros pesares.
Eramos moderadamente felices.
En una ocasión que Dorita no pudo venir, Domingo nos invitó a comer. Hizo tallarines con esa salsa de aceite, ajo y anchoítas.
Pasaron los años. Domingo y Dorita no están más. La nieta es una hermosa mujer con hermosos hijos. Yo, que estoy solo, no voy más a a la casita del Tigre.
Recuerdo con nostalgia los tiempos en que estábamos juntos. Felices en ese rincón del mundo en el que reíamos y nos lamíamos las heridas.
Mis tallarines de quince minutos
Esta es la historia de cómo conocí la salsa, a Domingo y a Dorita.
Cuando volvimos de México, regresamos también a las islas y riachos del Delta, que habíamos recorrido remando con nuestros hijos. Restauramos después de muchísimo esfuerzo y trabajo personal una casita abandonada por treinta años, y con tanto deterioro que pudimos comprarla por el precio del terreno a pagar en un año.
Al lado estaban nuestros primos, y enseguida la casa de Domingo y Dorita.
Llegábamos a nuestra casita los viernes a la tarde. Dorita infaliblemente nos invitaba a cena. Era una magnífica cocinera, y como Domingo, de una generosidad, un buen humor y una amabilidad conmovedora. Comíamos y charlábamos hasta la hora de dormir, siempre temprano.
Tenían alrededor de los setenta años; criaban a su nieta, de 14 años. Los dos hijos de Domingo y Dorita fueron asesinados por la dictadura. Esperaron durante años juicio y castigo de los culpables.
Los sábados a la tarde nos reunían a nosotros, a los primos, a Lucho y Lily, a Beba la hermana de Lily. Y más, que se unían ocasionalmente. Lucho era químico, compañero y amigo de César Milstein, que en una ocasión llegó remando hasta su casa, 100 metros distante de la nuestra. Tenía una pequeña industria que con el tiempo se fundió e hizo que vendiera su departamento y fueran a vivir a Santa Rosa.
Dorita preparaba postres o pizza, Lily traía bizcochitos de nueces de árboles cercanos. Corrían el té, las anécdotas interminables. Reíamos, charlábamos, comentábamos el mundo.
Beba era diseñadora; preparaban carteles, objetos, diálogos con los que hacían bromas a Domingo, quien las retribuía. Compartíamos nuestros pesares.
Eramos moderadamente felices.
En una ocasión que Dorita no pudo venir, Domingo nos invitó a comer. Hizo tallarines con esa salsa de aceite, ajo y anchoítas.
Pasaron los años. Domingo y Dorita no están más. La nieta es una hermosa mujer con hermosos hijos. Yo, que estoy solo, no voy más a a la casita del Tigre.
Recuerdo con nostalgia los tiempos en que estábamos juntos. Felices en ese rincón del mundo en el que reíamos y nos lamíamos las heridas.
Paso a paso
- 1
Ingredientes I: cuchillo Arbolito chico y ollita que uso para poca cantidad
- 2
Ingredientes II: jarra para calentar rápido el agua
- 3
Ingredientes III: tallarines nido Delverde argentinos con calidad italiana; cocina en seis minutos
- 4
Ingredientes IV: anchoitas, ajos, atún
- 5
Ingredientes V: aceite de oliva, gin, condimentos. Usé gin porque es bueno y porque lo tenía
- 6
Faltaría más. Es indispensable un último ingrediente para acompañarlos: un vaso de buen vino.
- 7
Mientras se calienta al agua en la pava eléctrica pico y preparo el ajo, las anchoitas y el atún
- 8
Pongo el agua en la olla para los fideos, le agrego sal. Mientras alcanza el hervor, pongo el aceite de oliva y le agrego los ajos
- 9
Apenas se comienza a dorar el ajo, agrego las anchoitas, los condimentos, el atún y el gin mezclando con mi cuchara de madera
- 10
Lista la salsa. Dejo reposar en mínimo hasta que se evapore el alcohol del gin
- 11
Pongo a cocinar los fideos seis minutos
- 12
Espero ese tiempo. El reloj del celular me avisa cuando pasaron
- 13
Sacó los fideos. Aquí ya están absorbido el sabor de la salsa.
- 14
Mis tallarines quince minutos para dos.
- 15
Sí señor. Ya están en mi plato. Los esperan impacientes tenedor y cuchara.
- 16
Envueltos en el tenedor. Estoy a punto de saborearlos.
- 17
Oh !!! Milagrosamente apareció un vaso de vino en la mesa. O me descuidé y alguien pensó que no era plato para acompañar con agua.
- 18
Brindo entonces por todos nosotros. Por los presentes y por los ausentes (que remedio, este plato lo preparo cuando estoy apurado y solo). Y POR HABER ESTABLECIDO UNA NUEVA MARCA. YEEESSS !!!! CUMPLI LOS QUINCE MINUTOS !!!!
Recetas similares
Más recetas





















Comentarios (9)