
Coulan Bix de chocolate

ME ACORDABA DE AQUELLA CHICA
De los catorce hasta los dieciséis años, aprendí muchísimo, ya que tuve un chef de cocina de unos sesenta y cinco años de edad el cual me enseñó de su gran experiencia. También hice algo más que amistad con una preciosa chica pecosilla con la que casi cada día nos veíamos una vez finalizado nuestro trabajo diario. Dieciséis años tenía yo, cuando desde la ventanilla del pequeño tren pintado de color granate oscuro observaba el entorno salvaje de matas, ortigas y grandes piedras que formaban como un muro natural por cuyo centro, bajaban pequeñas cascadas de agua que surcaban las piedras de forma irregular formando caprichosos dibujos debido a los rayos de sol que penetraban en las distintas pinceladas de agua.
Mis dos maletas situadas en el compartimiento del tren apenas se movían debido a la lentitud de la marcha del pequeño tren. Me dirigía hacia mi pueblo para descansar unos días y antes de incorporarme a mi nuevo trabajo de un conocido restaurante de la costa. No es que fuese ya cocinero, no, ni mucho menos, pero eso si, tenía una buena base para desenvolverme como ayudante adelantado.
Los peores trabajos que me encomendaron recayeron sobre mi, ya que empecé como pinche y poco a poco como ayudante, y contento estoy, por dos cosas, la primera, es que tiene que llover mucho sobre mis espaldas, incluyendo granizo para que no pueda soportar nuevos retos ya que mi experiencia subiendo los primeros escalones del oficio fueron mas bien duros en aquel gran hotel restaurante de alta montaña el cual, se alejaba cada vez mas y mas de mi parte ocular. Mientras recordaba mis inicios en aquel establecimiento hotelero, me vino en mente mi primer amor de juventud.
Coulan Bix de chocolate
ME ACORDABA DE AQUELLA CHICA
De los catorce hasta los dieciséis años, aprendí muchísimo, ya que tuve un chef de cocina de unos sesenta y cinco años de edad el cual me enseñó de su gran experiencia. También hice algo más que amistad con una preciosa chica pecosilla con la que casi cada día nos veíamos una vez finalizado nuestro trabajo diario. Dieciséis años tenía yo, cuando desde la ventanilla del pequeño tren pintado de color granate oscuro observaba el entorno salvaje de matas, ortigas y grandes piedras que formaban como un muro natural por cuyo centro, bajaban pequeñas cascadas de agua que surcaban las piedras de forma irregular formando caprichosos dibujos debido a los rayos de sol que penetraban en las distintas pinceladas de agua.
Mis dos maletas situadas en el compartimiento del tren apenas se movían debido a la lentitud de la marcha del pequeño tren. Me dirigía hacia mi pueblo para descansar unos días y antes de incorporarme a mi nuevo trabajo de un conocido restaurante de la costa. No es que fuese ya cocinero, no, ni mucho menos, pero eso si, tenía una buena base para desenvolverme como ayudante adelantado.
Los peores trabajos que me encomendaron recayeron sobre mi, ya que empecé como pinche y poco a poco como ayudante, y contento estoy, por dos cosas, la primera, es que tiene que llover mucho sobre mis espaldas, incluyendo granizo para que no pueda soportar nuevos retos ya que mi experiencia subiendo los primeros escalones del oficio fueron mas bien duros en aquel gran hotel restaurante de alta montaña el cual, se alejaba cada vez mas y mas de mi parte ocular. Mientras recordaba mis inicios en aquel establecimiento hotelero, me vino en mente mi primer amor de juventud.
Paso a paso
- 1
Mezclaremos la mantequilla temperatura ambiente con el azúcar glas y los huevos. Añadiremos posteriormente la harina junto con una “puntita” de cucharilla de canela en polvo. Lo mezclaremos bien con las varillas.
- 2
Agregaremos poco a poco, la cobertura de chocolate ya fundido junto con una pizca de sal para potenciar el sabor.
- 3
Pondremos en moldes tipo flanera untados con mantequilla o de silicona sin untar y haremos a 200ºC. en el horno.
- 4
Tiene que quedarnos de textura rígida por fuera y algo cremosa por dentro. Por eso lo hacemos a horno fuerte.
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