Dorada al limón sobre cama de patatas

(VIII)
Era mi primer Carnaval “de mayor”, por fin ya no tenía que ir con mi hermana —que por cierto, se había vuelto algo pesada, desde que tenía fijada la fecha de la boda, sólo hablaba de lo que le faltaba por montar, en el piso nuevo—.
Al final, me decanté por disfrazarme de Marilyn Monroe, con su vestido blanco, sus zapatos de tacón de tiras, y ese pelo tan característico —que me arreglaría mi prima, ya que al ser rubia, no tenía que preocuparme por pelucas (que no dejaban de picar y de dar calor)—.
El vestido ya lo tenía desde hacía justo una semana, lo tenía colocado en la puerta del armario y lo miraba cada noche antes de acostarme. Mi madre decidió que encargárselo a la modista, era la mejor opción, aunque los últimos retoques, los terminaron de hacer ella y mi tía, por ejemplo: le retiraron la cremallera, y aunque me costaba algo de meter, la verdad es que me quedaba como un guante.
Estaba tan emocionada con que fuera ya el día de la fiesta, que no me importaba ni el frío que pudiera hacer; además, mi tío me había dicho que si no tenía la tarde muy liada, me llevaría hasta allí. Así que desde aquella tarde —cuando me lo dijo—, me veía entrando en la fiesta, con mi súper vestido blanco y los zapatos de tacón, con mi melena ondulada y un maquillaje de fábula —es decir, la vivita imagen de la Marilyn—, y justo, antes de entrar por la puerta, que el vestido volará —como en la película—, y pudiera hacer ese movimiento tan icónico.
Dorada al limón sobre cama de patatas
(VIII)
Era mi primer Carnaval “de mayor”, por fin ya no tenía que ir con mi hermana —que por cierto, se había vuelto algo pesada, desde que tenía fijada la fecha de la boda, sólo hablaba de lo que le faltaba por montar, en el piso nuevo—.
Al final, me decanté por disfrazarme de Marilyn Monroe, con su vestido blanco, sus zapatos de tacón de tiras, y ese pelo tan característico —que me arreglaría mi prima, ya que al ser rubia, no tenía que preocuparme por pelucas (que no dejaban de picar y de dar calor)—.
El vestido ya lo tenía desde hacía justo una semana, lo tenía colocado en la puerta del armario y lo miraba cada noche antes de acostarme. Mi madre decidió que encargárselo a la modista, era la mejor opción, aunque los últimos retoques, los terminaron de hacer ella y mi tía, por ejemplo: le retiraron la cremallera, y aunque me costaba algo de meter, la verdad es que me quedaba como un guante.
Estaba tan emocionada con que fuera ya el día de la fiesta, que no me importaba ni el frío que pudiera hacer; además, mi tío me había dicho que si no tenía la tarde muy liada, me llevaría hasta allí. Así que desde aquella tarde —cuando me lo dijo—, me veía entrando en la fiesta, con mi súper vestido blanco y los zapatos de tacón, con mi melena ondulada y un maquillaje de fábula —es decir, la vivita imagen de la Marilyn—, y justo, antes de entrar por la puerta, que el vestido volará —como en la película—, y pudiera hacer ese movimiento tan icónico.
Paso a paso
- 1
Limpiamos y abrimos las doradas por la mitad. Ponemos los filetes en un plato, y las rociamos con el zumo de limón —lo dejamos macerando para que coja sabor—.
- 2
Mientras cortamos las patatas en láminas finas, las ponemos en una fuente apta para horno, añadimos un poco de sal y aceite. Metemos al horno a 200ºC (ya precalentado) y las dejamos cocinar hasta que estén tiernas, tras los primeros 10 minutos, incorporamos la cebolla.
- 3
Cuando estén tiernas, sacamos la bandeja del horno, ponemos encima los filetes de dorada, añadimos por encima más zumo de limón y aceite, y metemos al horno hasta que los filetes de dorada estén listos (en unos 15 minutos).
- 4
A disfrutar!
Palabras clave
Recetas similares
Más recetas









Comentarios (2)