Parrillada con mango y aguacate

Esta semana, el encuentro fue en una cafetería nueva, de ambiente cálido y acogedor, a las afueras de la ciudad, en una zona donde aún se respira el pasado marinero, cerquita de los acantilados. El cielo no presagia nada bueno —los nubarrones y el viento llevaban merodeando y amenazando con tormenta todo el día—, así que cuando llegó el café con su humo casi transparente (saliendo de la taza caliente), sólo pudimos perder la noción del tiempo, porque todo lo demás dejó de tener la más mínima importancia. Nos centramos en tener el cuidado necesario para que la leche se enfriase lo justo, para poder tomarlo en pequeños sorbo —sin llegar a abrasarnos la lengua— y no perder el placer de tomarlo, sin tener que soplar una y otra vez.
Durante esos segundos, da tiempo a observarlo todo —como si fuésemos el narrador de una película—, se ve cómo la gente entra, habla, se sienta, ríe, pide, gesticula, se escucha, mira, paga, se enfada, se miente, sopla y resopla y ojea el reloj. Y la taza sigue ahí, esperando tímidamente sobre la mesa, a que comience el ritual de darle vueltas, con movimientos lentos, a la espuma de la leche, convirtiéndose de esta manera en un billete de ida, a pensamientos donde reposan emociones con tintes (quizá) nostálgicos.
Parrillada con mango y aguacate
Esta semana, el encuentro fue en una cafetería nueva, de ambiente cálido y acogedor, a las afueras de la ciudad, en una zona donde aún se respira el pasado marinero, cerquita de los acantilados. El cielo no presagia nada bueno —los nubarrones y el viento llevaban merodeando y amenazando con tormenta todo el día—, así que cuando llegó el café con su humo casi transparente (saliendo de la taza caliente), sólo pudimos perder la noción del tiempo, porque todo lo demás dejó de tener la más mínima importancia. Nos centramos en tener el cuidado necesario para que la leche se enfriase lo justo, para poder tomarlo en pequeños sorbo —sin llegar a abrasarnos la lengua— y no perder el placer de tomarlo, sin tener que soplar una y otra vez.
Durante esos segundos, da tiempo a observarlo todo —como si fuésemos el narrador de una película—, se ve cómo la gente entra, habla, se sienta, ríe, pide, gesticula, se escucha, mira, paga, se enfada, se miente, sopla y resopla y ojea el reloj. Y la taza sigue ahí, esperando tímidamente sobre la mesa, a que comience el ritual de darle vueltas, con movimientos lentos, a la espuma de la leche, convirtiéndose de esta manera en un billete de ida, a pensamientos donde reposan emociones con tintes (quizá) nostálgicos.
Paso a paso
- 1
Pelamos y laminamos los aguacates y el mango.
Cortamos longitudinalmente también las salchichas. - 2
Vamos poniendo en la parrilla, por tandas la fruta y las salchichas, hasta que se doren. Añadimos sal sobre la fruta.
- 3
Acompañamos de buena compañía y de una Estrella bien fría!
- 4
A disfrutar!
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