Aperitivo de Mortadella de Bologna con tres tipos de queso

Soy cinéfila, ya lo sabéis, pero no hay, últimamente, muchas películas por las que valga la pena abandonar la comodidad de mi hogar, para ir a una sala de cine. Pero creo que, aunque saliera una pieza del séptimo arte que estuviese muriéndome por ver, me esperaría a poder verla en casa. Porque soy vaga, sí, tampoco voy a estar buscando explicaciones rebuscadas. Pero hay algo más que la vagancia. El cine es incómodo. Quizá no las butacas, es la gente que me lo vuelve así. Yo tengo mucho tino y me suele tocar delante el armario ropero (tal vez no es tan alto y simplemente es cabezón, qué se yo), por lo que ya tengo que estar ladeándome toda la película. Detrás me suele tocar un niño que guste de dar pataditas al asiento de delante (véase, al mío). Por los alrededores tendré, seguro, alguna pareja de críticos frustrados poniendo pegas, comentado que si fulanito está muy flojo en el papel o que si la iluminación es desastrosa —cuando probablemente lo más que entiendan sea del pasillo de lámparas de cierta tienda sueca de muebles—. Y después tendré (da igual si cerca o lejos), a los cinéfilos gourmets, que parece que han ayunado tres días a fin de aprovechar la película para inflarse a cuanta porquería engordante conozcan. Las palomitas son algo muy ad hoc para el cine…pero, ¿las patatas fritas? Sólo abrir la bolsa ya implica sufrimiento auditivo, por no hablar del crujido del masticar.
Aperitivo de Mortadella de Bologna con tres tipos de queso
Soy cinéfila, ya lo sabéis, pero no hay, últimamente, muchas películas por las que valga la pena abandonar la comodidad de mi hogar, para ir a una sala de cine. Pero creo que, aunque saliera una pieza del séptimo arte que estuviese muriéndome por ver, me esperaría a poder verla en casa. Porque soy vaga, sí, tampoco voy a estar buscando explicaciones rebuscadas. Pero hay algo más que la vagancia. El cine es incómodo. Quizá no las butacas, es la gente que me lo vuelve así. Yo tengo mucho tino y me suele tocar delante el armario ropero (tal vez no es tan alto y simplemente es cabezón, qué se yo), por lo que ya tengo que estar ladeándome toda la película. Detrás me suele tocar un niño que guste de dar pataditas al asiento de delante (véase, al mío). Por los alrededores tendré, seguro, alguna pareja de críticos frustrados poniendo pegas, comentado que si fulanito está muy flojo en el papel o que si la iluminación es desastrosa —cuando probablemente lo más que entiendan sea del pasillo de lámparas de cierta tienda sueca de muebles—. Y después tendré (da igual si cerca o lejos), a los cinéfilos gourmets, que parece que han ayunado tres días a fin de aprovechar la película para inflarse a cuanta porquería engordante conozcan. Las palomitas son algo muy ad hoc para el cine…pero, ¿las patatas fritas? Sólo abrir la bolsa ya implica sufrimiento auditivo, por no hablar del crujido del masticar.
Paso a paso
- 1
En un cuenco, mezclamos el queso crema con el ricotta, e integramos. Reservamos.
Rallamos el pecorino y la piel del limón —sólo la zona amarilla—. Reservamos.
Pelamos y picamos a cuchillo los pistachos. Reservamos. - 2
Y ya emplatamos: ponemos las rodajas de mortadella como si fueran rosas. Encima de cada una de ellas, una cucharadita de la mezcla de quesos. Espolvoreamos el limón rallado y el pecorino. Y también ponemos los pistachos picados y una hoja fresca de albahaca sobre cada un de las rodajas. Por último, añadimos un chorreón de aceite por todas.
- 3
A disfrutar!
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