Tacos pibil de pollo al achiote con cebolla y cáscara de sandía encurtida

Por fin, tocó el café semanal. Esta vez, quedamos en una jamonería —como Dios manda—, donde en lugar de café, tomamos algo que calentó más el “alma”.
En la terraza —al llegar diez minutos antes de la hora señalada— vi a un chico sentado, con su caña y sus gafas de sol, sin móvil, sin tablet y sin ordenador; estaba ahí sólo, sentado. Como debe ser, pensé, mientras una vocecita interior me susurraba, como: un psicópata.
A pesar de que llegaba impuntualmente a su hora, la mesa de mi anfitriona ya estaba casi llena. La conversación variaba según escuchaba a izquierda o derecha. De fondo se escuchaba: Thunder road, de Boss —me gustó, ya que tiene la frase que explica el momento determinante de una vida: “¿Te atreves a hacer el largo camino desde el porche de casa, hasta el asiento de acompañante de su coche?”—. Como tenía que tomar una decisión, lo eché a suertes: la conversación de la izquierda, me tocó, hablaban de colores; estaban de acuerdo en que los hombres llaman azul o rojo a todos los tonos que contienen ambos colores. “Primarios"—dijo riendo la que estaba más cerca de mí—."Si le añades el amarillo, ya tienes los secundarios" —le secundó la siguiente—. "Y el verde, naranja y violeta, ¿donde se quedan?"—preguntó un tercero—. Levantando su copa, mi anfitriona propuso: "Por los esenciales: tinto, blanco y rosado”. “Amén” —respondimos todos al unísono, mientas entrechocábamos nuestras copas—.
Tacos pibil de pollo al achiote con cebolla y cáscara de sandía encurtida
Por fin, tocó el café semanal. Esta vez, quedamos en una jamonería —como Dios manda—, donde en lugar de café, tomamos algo que calentó más el “alma”.
En la terraza —al llegar diez minutos antes de la hora señalada— vi a un chico sentado, con su caña y sus gafas de sol, sin móvil, sin tablet y sin ordenador; estaba ahí sólo, sentado. Como debe ser, pensé, mientras una vocecita interior me susurraba, como: un psicópata.
A pesar de que llegaba impuntualmente a su hora, la mesa de mi anfitriona ya estaba casi llena. La conversación variaba según escuchaba a izquierda o derecha. De fondo se escuchaba: Thunder road, de Boss —me gustó, ya que tiene la frase que explica el momento determinante de una vida: “¿Te atreves a hacer el largo camino desde el porche de casa, hasta el asiento de acompañante de su coche?”—. Como tenía que tomar una decisión, lo eché a suertes: la conversación de la izquierda, me tocó, hablaban de colores; estaban de acuerdo en que los hombres llaman azul o rojo a todos los tonos que contienen ambos colores. “Primarios"—dijo riendo la que estaba más cerca de mí—."Si le añades el amarillo, ya tienes los secundarios" —le secundó la siguiente—. "Y el verde, naranja y violeta, ¿donde se quedan?"—preguntó un tercero—. Levantando su copa, mi anfitriona propuso: "Por los esenciales: tinto, blanco y rosado”. “Amén” —respondimos todos al unísono, mientas entrechocábamos nuestras copas—.
Paso a paso
- 1
Mientras hervimos las pechugas de pollo, preparamos la salsa de achiote. En un cuenco, mezclamos todos los ingredientes, y los trituramos con ayuda de una batidora de mano. Reservamos.
Cortamos en pluma también la cebolla. - 2
Una vez el pollo esté hervido, lo deshebramos y lo ponemos en un wok con un poco de aceite.
Cuando el pollo comience a dorarse, le añadimos la cebolla en pluma, y la dejamos pochar a fuego medio.
Una vez dorada, añadimos la salsa. - 3
Bajamos el fuego, y mezclamos hasta integrar. Agregamos el vino, y dejamos que se evapore el alcohol.
- 4
Mientras preparamos los encurtidos, en cuencos pequeños, para que cada comensal se los sirva al gusto.
Tostamos las tortillas con aceite pincelado en la sartén. - 5
Las mantenemos calientes en un plato con un paño de algodón sobre ellas.
Y ya los tenemos todo listo. - 6
A disfrutar!
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